Viernes 15 de agosto de 2025.

Sara no salía de cuentas hasta el 19 de agosto. Inocentes de nosotros, decidimos apurar los últimos días en la casa de verano de mis padres en Torre del Mar. Creíamos que la llegada de Ayoze se iba a retrasar, porque bueno, madre primeriza y esas cosas que dicen que suele pasar, pero que luego también se escucha que pasa lo contrario. Porque, como es normal, de todo siempre pasa.  Y así pasó, que el sábado por la mañana, mientras me encontraba leyendo tranquilamente "La conjura de los necios" en la playa debajo de mi sombrilla, Sara, tras salir del agua y secarse, me dijo con cierta discreción:

    - Alberto, no me para de chorrear el coño.

Esa fue la primera señal de que Ayoze iba a nacer ya.  Aquella conversación ocurrió sin que mi hermano, su marido, mi prima, ni su amiga del pueblo allí presentes, se diesen cuenta. Sara, se envolvió la toalla a la cintura y se quitó la braga del bañador para cambiarlo por uno seco. Allí pude ver que estaba manchado de algunos pequeños restos orgánicos.

    - ¿Eso es el tapón?
    - No sé... No creo ¿No? - Me contestó ella.

Me quedé callado, ¿Qué coño iba a saber yo de flujos o tapones mucosos de una embarazada? Sin embargo, por dentro estaba con la mosca detrás de la oreja de que aquello no era flujo corriente.

    - Uff... tengo ganas de hacer caca. acompáñame al baño por sí esto es algo y tienes que ayudarme.

¿Ayudarle a qué? ¿A parir en el baño público de la playa? A muy malas, el puesto de socorristas estaba allí mismo, y por unos momentos empecé a imaginar lo anecdótico que sería que el alumbramiento del niño ocurriese a manos de los socorristas en plena playa. Pero no dije nada, simplemente intenté mantener la calma por ella, le pedimos unos pañuelos a la amiga de mi prima y le acompañe hasta los servicios. Estuvo allí dentro bastante tiempo. Yo esperé cerca, protegiéndome del sol de las 13:00 de la tarde en una pequeña zona de sombra que hacía la pared del servicio de minusválidos. Mientras más pasaba el tiempo, más convencido estaba de que aquella intervención de los socorristas ocurriría. La cola de mujeres se iba haciendo cada vez más grande frente a la puerta del baño, y Sara aún no salía. Mientras tanto, intenté calcular cuál era el tiempo de media que ella tardaba en hacer caca en casa, y supuse que, para hacer caca en la calle uno tiene que estar realmente apurado, por lo que el tiempo debería de ser incluso menor. Me plantee llamar a la puerta para preguntar si todo iba bien, pero la fila de mujeres me cohibía de hacerlo. Al fin, se abrió la puerta y ella salió tan normal.

    - No he podido cagar. Es como que tengo ganas, pero no me sale.

Nos dirigimos a las toallas y empezamos a recoger para volver a casa. No especialmente por las circunstancias, si no, además, porque también se acercaba la hora de comer. En aquel momento me mostró el interior del muslo y vi cómo un hilo de agua deslizaba desde su entrepierna.

Llegamos a casa y Sara se metió en la ducha. Fue entonces cuando Edu y Juanje llegaron a casa también. Mi hermano empezó a preparar la comida y poner la mesa, Juanje no recuerdo bien que hacía, pero ambos eran ignorantes de todo lo que había ocurrido. Salió Sara de la ducha y me llamó desde la habitación. Ví cómo ahora goteaba un hilo de agua sanguinolenta por su pierna, llegando incluso a caer gotas en el suelo. Esto activo mis alarmas, le dije de ir inmediatamente al Hospital a que comprobasen que todo estaba bien. Fui a la cocina a por servilletas absorbentes para limpiar las gotas del suelo mientras ella se vestía.

    - Edu, no saques plato ni para Sara ni para mí, que nos vamos al hospital

    - ¿Qué pasa?

    -  Le chorrea agua el coño, y tiene un poco de sangre. 

No recuerdo muy bien las conversaciones que teníamos durante el tiempo en el que ella se vestía y yo preparaba una mochila con lo imprescindible; 'la conjura de los necios', agua, una bolsa de patatas fritas, melocotones, y todo lo que creí razonable durante aquella ceguera provocada por los nervios. En el proceso, me iba metiendo en la boca todo lo que iba encontrando. Recuerdo comer un trozo de queso, unas galletas de chocolate y una loncha de mortadela trufada seca que quedo abandonada y solitaria durante varios días en el fondo del frigorífico. En aquella tormenta interior que yo estaba viviendo, al final llegó Juanje y puso algo de coherencia y calma:

    - ¿Por qué no coméis primero, tranquilamente, y vais después?

Él era enfermero, yo tenía hambre, Sara necesitaba a alguien que le dijera qué hacer, así que aquello nos sirvió a todos. Mantuvimos una comida con cierta prisa, pero sentados con su plato y postre. Algún indicio de nerviosismo tuve que mostrar cuando, por ejemplo, accidentalmente traje el rollo de papel higiénico en vez del rollo de papel de cocina a la mesa del comedor.

 Continuará..