Detuve el coche enfrente de la puerta de urgencias del hospital de la Axarquía, y despaché allí a Sara mientras yo iba a buscar un aparcamiento. Me sentí como en las películas cuando abandonan a un herido de bala en la puerta del hospital y se dan a la fuga. Aunque, en este caso era una embarazada y el motivo era no hacerle caminar mucho con el calor del verano.

Tras haber aparcado, entré por la puerta del hospital, y me quedé en medio de la sala a la vista de todos. Me hice notar desorientado, buscando contacto visual, moviendo la cabeza de un lado a otro para que alguien me socorriese. Finalmente, una de las señoras que estaba en la recepción se quedó observándome.

    ¡Buenas! Estoy buscando a una mujer bajita que ha entrado hace un ratito con un barrigón...
    
¡Ah, Si! Entra al fondo a la derecha, está ahora en triaje.

Entré en la sala de triaje y allí me encontré a Sara hablando con una enfermera detrás de un ordenador, cuyo aspecto y actitud me hacía pensar que seguramente era fumadora de tabaco negro, mínimo desde que tenía 16 años. Sara explicó lo que le ocurría y la enfermera llamó por teléfono para que la subieran en silla de ruedas a paritorio. El silencio del rato que tardó el celador en llegar lo pude rellenar con comentarios que daban información ya dada por Sara anteriormente, pero esta vez era contada por mí. No llegué a recibir ninguna respuesta ni por parte de la enfermera, ni por parte de Sara.

Llegamos a la sala de espera, Sara remolcada por el celador y yo detrás de ellos cómo quien acompaña una carroza en carnavales. Enseguida Sara fue llamada a paritorio donde procederían primero a monitorear las contracciones, y después a explorarla.

En la sala de espera quedábamos abandonados los maridos. La gran mayoría sentados tal que así; hombros hacia delante, móvil en la mano, cejas levantadas, y mirada al infinito. No obstante, también se podía reconocer a aquellos que seguramente tenían experiencia y habían sido padres con anterioridad. Estos se encontraban pacientemente sentados con la espalda erguida y los brazos cruzados. Aquello era simplemente una competición más de hombría entre hombres. Teníamos que demostrar que teníamos serenidad, autocontrol y frialdad ante aquella situación. Allí ninguno hacíamos un ruido, nos manteníamos quietecitos en completo silencio. Como mucho nos saludábamos con un ligero levantamiento de cejas, o para quienes ya habíamos entrado con las cejas levantadas y aún no las habíamos bajado, un leve gesto con la cabeza.

En la sala de espera también se encontraban un grupo de 5 señoras entre 60 y 70 años aproximadamente. Ellas eran las verdaderas protagonistas del lugar. Todas parecían pertenecer a la misma familia de la madre por la cual esperaban. Mientras tanto, gastaban el tiempo haciendo conjeturas a viva voz sobre el estado de toda embarazada que entraba o salía de paritorio. Entre ellas había una señora más inquieta de lo normal, la cual apenas mostraba interés en lo que sus compañeras decían. En varias ocasiones se levantaba del asiento y pegaba la oreja a la puerta de paritorio.

    ¡Yo creo que ese que llora ya es el suyo!
    ¿Ese cómo va a ser el suyo? ¡Siéntate ya, Mari! Y cálmate que nos van a llamar la atención. - Le recriminó la mujer que más carácter parecía tener del grupo.

La Mari cada vez se atrevía a traspasar más los límites de la intimidad del paritorio. Las ventanas de la puerta estaban tapadas con cartulinas, pero Mari metía el ojo con por un pequeño hueco que quedaba sin cubrir.  Por último, abrió ella misma la puerta y metió la cabeza para poder mirar mejor el interior. Enseguida, Mari, saco su cabeza del paritorio, volvió a cerrar la puerta y se apresuró a sentarse junto a sus amigas. Las señoras hicieron el silencio por primera vez. La puerta se abrió de par en par. Apareció una enfermera y echó una mirada matadora al grupo de señoras. 

    ¿El marido de Sara? 

Habían terminado la monitorización, parecía haber tenido alguna que otra contracción suave de manera irregular. Entré en la consulta del paritorio con Sara y la matrona para acompañarla durante la exploración. La matrona era una mujer bastante agradable de unos 40 años aproximadamente. Determinó que el cuello del útero aún no estaba borrado, y, tras unas pruebas de fluidos, que la bolsa aún no había roto. Es decir, entendimos que todo estaba correcto, y que el parto aún no había comenzado. Llegó el médico para darnos el alta, y ante las preguntas que nosotros le realizábamos, él nos respondía con otras preguntas.

    Entonces, ¿el líquido que le chorreaba qué era?
    
¿Qué os ha dicho la matrona que era?
    
Yo ya no sé ni lo que nos ha dicho.
- Le respondí esperando a que me diese la respuesta, pero quedó en silencio con una ligera sonrisa dibujada mientras rellenaba el alta médica en el ordenador.
    Nosotros somos de Granada ¿Crees que podríamos ir sin problemas? ¿O no nos recomiendas coger el coche ahora? - Le preguntó Sara
    ¿Vosotros queréis que el niño sea Malagueño o Granaíno?
    
¿Pero nos da tiempo a ir?
- Insistí.
    El parto puede ocurrir esta noche, o puede ocurrir en una semana.

Salimos del hospital con más dudas que con las que entramos. ¿Nos convenía quedarnos allí, o volver a Granada? Para resolver el problema decidimos hacer una lista de pros y contras. Y la mejor opción nos pareció ser que el nacimiento fuese en Granada, donde teníamos todo preparado en nuestra casa. Pero antes se me ocurrió una gran idea.

    Volvemos a casa de mis padres, descansamos, nos echamos una siesta, y después, tranquilamente hacemos las maletas y cogemos carretera dirección Graná más descansados.
    
Pues sí, nos ponemos una peliculita y ya después nos vamos tranquilos.
- Dijo Sara, que nunca le parecía mal una siesta.

Dos horas después desperté de la siesta al escuchar a Sara resoplar al otro extremo del sofá, mientras tanto los créditos de "Taron y el caldero mágicocorrían por la televisión.